En tiempos de crisis un puesto de trabajo es muy apetecible pero lo que no debe olvidar nunca un político, por muy personalista que sea, es que trabaja dentro de unas siglas, con las decisiones de la mayoría, y al servicio de la ciudadanía. Mucho se ha escrito sobre la eterna desunión de la familia socialista madrileña. Las recientes elecciones primarias, en las que ganó el actual candidato Tomás Gómez sobre la opción impuesta externamente desde Ferraz, de Trinidad Jiménez, deberían de haber servido para dejar claro que el trabajo diario sobre el terreno, la dura tarea de llegar a todos, cohesionar familias y unir al partido imprime de autoridad suficiente al ganador como para confeccionar unas listas de los políticos con los que quiere liderar su partido y, lógicamente, somerterlas a la votación de la mayoría. En el caso del candidato a la alcaldía de Madrid, Jaime Lissavetzky, que sí fue designado a dedo por la Dirección Federal del PSOE y que llegó sin haber superado unas elecciones primarias, sería de desear que consensuara sus listas con el aparato regional. No parece ser el caso, ya que, según declaraciones del PSM, las listas para la alcaldía, han sido aprobadas por unanimidad de los miembros del PSM, sin ningún voto en contra. No se entiende muy bien, por tanto, a qué viene escenificar la pataleta de que quiere él confeccionar sus propias listas. ¿Unas listas diferentes a las aprobadas por unanimidad por el PSM? O lo explica bien Lissavetzky o muchos madrileños no entenderán por qué se vuelve a las andadas generando desunión. Máxime cuando su número dos, Ruth Porta, es una de las políticas madrileñas de más fuelle y mayor merecimiento dado que ha trabajado duro en Madrid durante varios lustros con un merecidísimo respeto de luchadora incansable. Otra luchadora, Carla Antonelli, ha revolucionado estos días a la derecha más rancia, que no ha ahorrado en descalificaciones casposas y machistas contra una mujer que ha tenido que luchar hasta por serlo.