Un mitin sin pullas es como Bogart chupando una piruleta. Ahí tenemos el ejemplo de un alcalde que oscureció durante meses su gestión por la filtración de un acto en el que llamó a los votantes del PP “tontos de los c…”. Tuvo el respaldo de sus correligionarios, pidió perdón por sus excesos verbales, y es de suponer que hiciera propósito de la enmienda. Tontos, en efecto, hay en muchas partes, pero es una calificación más benévola que extender la idea de que el conjunto de los madrileños somos insensibles o cómplices ante la corrupción. Y eso es lo que están perpetrando quienes mantienen que los votantes de Esperanza Aguirre, como los de Francisco Camps en Valencia, no van a pasar factura al mapa de la corrupción que afecta a importantes ayuntamientos y a colaboradores directos de la Presidenta que ahora permanecen en un limbo parlamentario, con voto disciplinado. Es un insulto colectivo pensar que los vecinos de Pozuelo, Boadilla, Majadahonda, Arganda, pasan por alto unos escándalos de primera magnitud que, además de afectar a los principios éticos, lesionan sus intereses como contribuyentes. ¿No será -terrible imaginarlo- que reina la confusión? Algunos que señalan a los tontos hacen lo imposible por contribuir a ello.