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Apie de Calle N° 38    19 de mayo de 2012
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FELIPE BELTRÁN

El trabajo de este abogado laboralista se ha multiplicado por tres desde que empezó la crisis. Una enfermedad le dejó ciego, pero no le alejó de los juzgados

Por Patricia Reguero
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Redactora Jefe
edicionapiedecallecom/7/7/19
Última actualización 03/03/2011@10:07:35 GMT+1
RAFA HERRERO Felipe y Oswell en su despacho en la CGT

Tiene dos juicios al día y atiende por la tarde en la sede de la Confederación General de Trabajadores (CGT). Él y su perro guía, Oswell, que se esconde debajo de la mesa y agacha la cabeza. Acabamos de interrumpir su siesta para hacerle entrar al despacho de Felipe Beltrán. Con 53 años, ciego desde los 35 por culpa de una enfermedad, este abogado laboralista se sabe las barreras de la discapacidad, y también cómo sortearlas.

“La mayor dificultad está en la cantidad de papel”, explica. Para saltar esa valla, cuenta con colaboradores, programas informáticos y con los propios clientes. “En sala tienes otra dificultad añadida y es que la otra parte presenta pruebas, y quedas a expensas de lo que te digan”.

Su trabajo se ha multiplicado por tres desde que empezó la crisis. Y cada despido duele, dice. “Pienso que el despido es algo que habría que abolir, que debería desaparecer de la legislación laboral: ni por 45 días ni por 20 es algo que se pueda admitir”, asegura. Desencantado con los sindicatos mayoritarios y, por supuesto, con la reforma laboral, Beltrán conoce de primera mano el drama del paro. “Un trabajador puede cometer un error, con o sin intención, y ocasionar un daño no deseado, pero se puede sancionar sin tener que despedir”, indica. Porque las relaciones entre trabajadores y empleados no son de igual a igual. “La empresa tiene en su poder la mayor parte de la documentación y el trabajador se presentan con una carta de despido”. Además, demostrar que los motivos de despido no son ciertos no supone que el trabajador recupere su puesto.

Llegó a Madrid con su familia en el 63, al barrio de Carabanchel. Participó activamente en la transición española y ha militado siempre en sindicatos, con y sin vista. De su mujer y sus hijos, tiene una foto fija: “Mi mujer para mí no envejece”, dice. Felipe maneja con habilidad su aparato de lectoescritura, guarda mi número y se despide. Sólo entonces Oswell se da por aludido. Se levanta y para decir adios. Les queda toda una tarde de trabajo. Y mañana tienen dos juicios.

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