La pintura desbordó el lienzo, y pedía más. Se volvió instalación, se hizo tridimensional, pero pidió más. Ahora, sale a borbotones de los espacios: de la sala de exposiciones o del taller de Alberto Reguera. Él lo simplifica así: “Mi técnica es contemporánea, pero no dejo de ser un pintor de paisajes”. Y, pese a tener previstas este año tres exposiciones individuales -París, Hong Kong, Bruselas- se resiste a hablar de triunfo.
“El logro empezó en el momento en el que me decidí a ser profesional de la pintura; ese salto al vacío para mí es el verdadero triunfo”.
Eso fue en 1984. Desde entonces, cuenta más de cien exposiciones y su obra más cara se ha vendido por 20.000 euros (y, añade, declara en España: “eso es ser patriota”). Pero Alberto Reguera cree que su carrera artística empieza ahora.
Vive entre París y Madrid, y ARCO le ha hecho pasar por su guarida madrileña. No ha comprado nada, dice, porque no tiene sitio. Pero se hubiera llevado “un Torres García”, afirma, sin dudarlo. “Creo que la feria está bien planteada”, explica. Porque aúna “lo comercial y lo cultural” y viene a suplir una carencia: “En España no hay una Bienal y ARCO es un acontecimiento”.
A Reguera, Asia le ha abierto las puertas. Prepara allí su tercera exposición individual, en Hong Kong. Mientras, en España su obra apenas tiene difusión y ninguno de sus siete galeristas (Lisboa, Bruselas, Londres, Hong Kong, Méjico y dos en París) está en Madrid. Pero no hay reproches: “Me ha condicionado el hecho de que yo viva en París”, razona. Fue allí para encontrar la tranquilidad que necesitaba para crear: “Entonces, en los años 80, estaba de moda ir a Nueva York, pero allí hay más presión”. A veces, dice, echa de menos Madrid, su luz y su estudio en Alonso Martínez.
Se llevan bien Madrid y el arte? No lo duda: “tenemos muy buen arte contemporáneo, muy buenos espacios culturales y muy buenos clásicos”. ¿Juega Madrid en la primera división del arte? “Para mí, sí”, dice, antes de pensárselo unos segundos.
Pese a respirar arte contemporáneo, Alberto Reguera no se lleva bien con las nuevas tecnologías. “Tengo ordenador desde hace un año y en París me voy a un ciber café a conectarme a internet”. En una hora de entrevista, sólo una queja: “Aquí la gente hace política de todo y eso me pone muy nervioso”, suelta, antes de volver a perderse en sus paisajes tridimensionales.