“Sinceramente, no creo que ningún productor vaya a hacer una película por el hecho de que me apellide Trueba”, suelta. De todas formas, aclara: “Mi padre dice que lo que le gusta de la película es que me ve a mí en ella; eso viniendo de él es un piropo”. Porque Jonás cree que le ha salido una historia “honesta”. Esa es la etiqueta que él pone. Otros han elegido “generacional”. “Yo no soy quién para decir si lo es o no, pero sí hay en ella un cambio que lo sobrevuela todo, que es el paso de lo analógico a lo digital; es una película que habla de los útimos que escribieron cartas de amor a mano”.
Pero, aunque se incluye en la generación que escribió cartas de amor a mano, le ha tocado lidiar con la Ley Sinde. “Creo que los derechos de autor es algo que no deberíamos poner en duda, pero a la vez corremos el peligro de caer en una cosa un poco absurda, en un exceso de protección. Faltan ofertas de consumo legal: eso está al llegar y se está montando un pollo cuando esto es más normal de lo que creemos”. A las ocho de un viernes en el café Barbieri, en Lavapiés, el fin de semana arranca al mismo tiempo que ‘Todas las canciones hablan de mí’ se despide de la cartelera. “Hemos aguantado mucho”, dice. “Normalmente, una peli como la mía, que tiene solo treinta copias, desaparece porque se estrenan muchas películas en Navidad y no hay salas”. Así que “ha ido mejor de lo que se esperaba, porque no se esperaba nada”. Para no esperar nada, no le ha ido mal: la Academia de Cine le acaba de nominar a un premio Goya como mejor director novel por esta película que, además de rendir honor a una generación, se rinde a los pies de Madrid. Los personajes se cruzan por la carrera de San Francisco, pasean por la calle Santiago y se sientan bajo el puente de Segovia. Hoy toca Lavapiés. Es viernes y la noche empieza para una generación con la que Jonás es crítico. “Somos pesados con esa sensación de fracaso”, advierte, antes de pagar y marcharse.
Por TARO LACALLE