Se hace saber
Última actualización 10/03/2011@00:34:24 GMT+1
Atodos aquellos que piensan que la normativa contra el ruido que prohíbe a los músicos callejeros tocar instrumentos de percusión es una simple norma recaudatoria, están muy equivocados. Si algo no tienen estos músicos de la legua es precisamente dinero. Más bien parece deberse a que Ana Botella es una pelota y quiere congraciarse con su jefe tras el desmán de la contaminación que aprieta pero no ahoga.
Alberto Ruiz-Gallardón, ya saben, es un alcalde de melómano oído al que molestan las estridencias de estas bandas que intentan ganarse la vida desafinando con redobles de tambor y ¡ale hop! deme algo pa’ comer, señorito. También es posible que Nicanor y su tambor resulten especialmente molestos al delicado olfato de la delegada capitalina. Ya se sabe que estas damas de alta cuna y de baja cama, como las definió la fallecida cantante Cecilia, al único que permiten tocar el tambor es al pequeño tamborilero de Raphael, ratatam, tamtam, del linaje de los condes por vía marital. Gustaba mucho esta canción a la esposa del dictador Franco, fina señora de la aristocracia de Oviedo, donde al Caudillo llamaban por lo bajini el ‘comandantín’. Al señor de doña Ana le llaman también en esos círculos ‘aznarín’, aunque algunas viperinas le digan ‘el caudillín de Quintanilla’. Todo esto que les hago saber puede resultarles berlanguiano, pero a quienes se ganan la vida dándole a la percusión les parece patético. Tanto como mandar a la cabra agarena al paro que nos asfixia. Las calles dejarán de reír al no verla danzar al son de la hambrienta balada de trompeta y tambor.