Atodos aquellos que buscan un minuto de gloria que no lo hagan interpelando al heredero de la Corona, a quien eso del diálogo no parece gustarle. Quitarle la gloria al príncipe de Asturias no es constitucional y mucho menos para debatir sobre la necesidad de que el Estado español, además de laico, sea republicano.
Tamaña osadía merecía una respuesta contundente y el futuro rey de España hizo honor a su linaje, miró a la plebeya desde lo alto del organigrama de la Casa Real y despidió a la indignada republicana con el pase del desprecio. Miró al tendido, recibió los olés de los nobles aristócratas, excepción hecha de los marqueses de Del Bosque y de Vargas Llosas, y fijó su pupila, azul como su sangre, en la pupila de su princesa. ¿Y tú me lo preguntas? La Monarquía soy yo. Mas si los de sombra aplaudieron el desplante real, los de sol sacaron el silbato y empezaron a tirar almohadillas por la chulesca faena, que de tan mala, más que faena era putada. Lo decía un viejo antifranquista camino del bar a tomarse unas criadillas mientras abría el compás para dibujar una verónica. “Por menos tuvo que tomar el olivo su bisabuelo tras unas elecciones municipales”.