Para la derecha es más fácil, su electorado está plenamente convencido y demuestra ser inmune a las corrupciones. En este sentido, los discursos de investidura de la Presidenta Esperanza Aguirre en su tercera legislatura, han sido sencillos, claros y coherentes. Coherentes con ella misma, con sus ideas neoliberales, caldo de cultivo de las auténticas causas de la crisis financiera mundial. Los indignados y globalizados, a Esperanza Aguirre le resultan poco menos que irrisorios, en tanto en cuanto, han sido involuntariamente instrumentos que han ayudado a agrandar más si cabe su holgada victoria electoral. Aguirre se puede permitir el lujo, y se lo permite, de decir en Asamblea parlamentaria que ella es como es, y por eso los madrileños le han vuelto a depositar su confianza. Fuera de este mensaje, los acentos puestos en la excelencia de la educación, de la sanidad, incluso de la libertad para elegir médico, hospital, colegio, suenan bien pero encierran discriminación y exclusión. Algo que es difícil de explicar tanto para Gregorio Gordo, como para Tomás Gómez, representantes de las dos izquierdas, en este caso, desunidas y cuestionadas entre sí. Trazo grueso conservador frenta a trazo fino socialista, que no termina de matizar. Las consignas del Movimiento 15 M, aunque aparentemente no lo parezcan, también son trazo grueso, por eso han calado tan rápidamente en la sociedad. Tomás Gómez lo ha sabido comprender, después de las elecciones, y por eso ahora pide una comisión parlamentaria para mantener un diálogo permanente con los ex-acampados de Sol que actualmente han expandido su semilla de desilusión social y rechazo de los políticos por todo el territorio nacional con réplicas en otros países europeos. No es fácil de entender, para la ética de las izquierdas, que los indignados se sientan tan poco respresentados tanto por ellos como por los otros.