Que sí, que es difícil contenerse y no mirar con displicencia a los jugadores rivales cuando has vuelto a ganar, esta vez sin necesidad de penaltis. Si eres un entrenador de los que llaman “resultadistas” la tentación es señalar el marcador, incluso hacer un corte de mangas a todos lo que se atreven a emitir un juicio crítico sobre la calidad del juego.
Los hinchas del ganador aplauden con entusiasmo y abandonan exultantes el campo, sin admitir que ellos mismos se han aburrido tanto como los seguidores del equipo contrario, y encima han pagado la entrada. Los votos son tan legitimadores de los resultados como los goles. Pero no deben conducir a engaño. A diferencia del fútbol, donde un equipo tiene todo el derecho a ignorar al contrario y jugar con la única preocupación de seguir ganando, un político, cuando recibe la confianza democrática para gobernar, tiene la obligación de ir más allá de la retórica y asumir sinceramente que va a hacerlo para todos los ciudadanos. En Madrid, por ejemplo, la distribución del poder, con una hegemonía aplastante del PP no se corresponde, pero es absolutamente legal, con la auténtica correlación de votos. Así que somos muchos los inquietos por la proclama ultraliberal de Esperanza Aguirre, empeñada siempre en combatir al gobierno. Vistos los apoyos recibidos de algunos aliados coyunturales, mucho ha de esforzarse la genuina oposición por sacar lustre a su juego pero, sobre todo, en afinar el tiro a puerta.