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Apie de Calle N° 38    22 de mayo de 2012
23/493
Por Concha Minguela
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conchaminguelaapiedecallecom/14/14/26
Última actualización 22/11/2011@20:52:06 GMT+1

Los mercados creen que el motor que mueve al mundo es el dinero. Y la realidad
les da la razón. Los mercados no creen en la humanidad de las empresas, en la
solidaridad de las personas, en la ética de entender que la felicidad y el progreso
sólo son reales cuando no sólo me afectan a mí, sino a todos los que me rodean. Ellos han fabricado un becerro de oro, nunca mejor dicho, con el que rendir culto a la codicia sin fin. Lo peor de todo esto es el efecto contagio.

Los mercados creen que el motor que mueve al mundo es el dinero. Y la realidad
les da la razón. Los mercados no creen en la humanidad de las empresas, en la
solidaridad de las personas, en la ética de entender que la felicidad y el progreso
sólo son reales cuando no sólo me afectan a mí, sino a todos los que me rodean.

Ellos han fabricado un becerro de oro, nunca mejor dicho, con el que rendir culto a
la codicia sin fin. Lo peor de todo esto es el efecto contagio.

Cuando con un puñado de monedas han conseguido narcotizar a toda una
sociedad, individuo a individuo, que lo primero, y casi único, a lo que aspira
es a ser rico, ellos lo llaman ´mantener su poder adquisitivo´, otros valores ya
no cotizan. Qué importancia puede tener la ayuda a los dependientes, si no es
rentable. Qué valor puede tener la igualdad entre hombres y mujeres si sale mucho
más barato sobrecargar a las segundas y que sigan trabajando gratis en la familia,
en la dependencia, y por menor salario en el mundo laboral. Qué valor puede tener
respetar a un trabajador, no excesivamente cualificado, de mediana edad, pero que
lleva veinte o venticinco años dejándose la piel por una empresa a la que siente
como suya. Es más barato tratarlo como un ser inservible, echarlo a la calle sin
miramientos, cambiarle por uno joven que se come el mundo, que pisa, que traga y
que está dispuesto a trabajar quince horas al día, y lógicamente zafarse o cambiar
las leyes laborales para que el despido salga casi gratis. Qué valor puede tener para
ellos paliar en la medida de lo posible los achaques y angustias de pensionistas
que actualmente gozan de una sanidad de calidad, gratis y universal, si eso sale
demasiado caro. Qué lucro les da ellos educar a nuestros jóvenes en libertad de
criterio y conocimiento, si sale mucha más barato tener a borregos dispuestos a
trabajar en lo que sea, o a vivir eternamente de sus padres. Qué valor puede tener
desahuciar o no, a personas mayores o parados de larga duración, de sus casas si el
banco lo que quiere es ganar el máximo de dinero, siempre y a costa de lo que sea.

Y así suma y sigue. Eso sin contar con respetar los derechos civiles de las minorías
en razón de su opción sexual, color, origen, etc.

Los llamados mercados son los hijos de la política ultraliberal, voraz, creada en
los Estados Unidos, cuna del capitalismo, fundadora y exportadora de escuelas de
negocio, que han lanzado a sus cachorros alrededor del mundo, a comerse éste
a mordiscos, caiga quien caiga. Los políticos actuales son, ellos mismos, víctimas
de las leyes del marketing y de la imagen. No importa la empatía, no importa si
se saben o no poner en lugar del ciudadano, del trabajador corriente que cada
día se tiene que ganar la vida y mantener a su familia. Eso, aunque hacen torpes
intentos de parecer que les importa, sobre todo en campaña, en realidad, tampoco
vende. Hace años que ellos mismos, no se bajan de sus coches oficiales, asesores y
prebendas que apenas les dejan vida fuera de su cohorte de aduladores, muy bien
pagados, que se han buscado una buena vida sin dar golpe. Con el dinero de todos.

Como periodistas, vigilantes y garantes del buen gobierno, del servicio público,
también hace tiempo que se nos atragantan estos métodos, en el mejor de los
casos, o que nos hemos subido al carro y tratamos de sacar tajada, en el peor de
ellos. Periodistas mal pagados, amordazados, invitados de piedra, que hacemos

el paripé para poder seguir manteniendo un puesto de trabajo, en el mejor de los
casos, o para participar también del ´pesebre´, en el peor de ellos.

En el trasfondo de esta desastrosa situación, que afortunadamente ha indignado a
millones de ciudadanos con voz y voto, este domingo, se juegan dos ideologías. La
socialdemócrata, que ha luchado durante décadas por una sociedad igualitaria, por
una redistribución social y solidaria de la riqueza, por una garantía en sanidad, en
educación, en vivienda, en derechos civiles y progresistas, cuyos resultados están
ahí: una Europa, España incluída, del bienestar social. Y la otra, la ultraliberal, tipo
Estados Unidos, una jungla de desigualdades, con millones de personas sin techo,
sin sanidad, sin educación, criminalizada, dentro del país más rico del mundo.

Una jungla donde el pez grande se come al chico, sin escrúpulos, donde el sano y
joven ambicioso recibe atención sanitaria de lujo, y el pobre se enferma y se muere
porque no puede pagar. La sociedad del broker, de Wall Street y lujosas avenidas,
puerta con puerta con barrios de miseria.

Rubalcaba se ha esforzado en explicar que pertenece a los primeros.

Rajoy, por omisión, falta de respuesta, falta de compromiso y exceso de marketing,
ha deja entrever que pertenece a los segundos.

Los segundos, los conservadores y ultraliberales, sobre todo estos últimos, han
creado el monstruo de la especulación y la crisis.
Los primeros, y con ellos toda la clase trabajadora y clases medias, somos víctimas
de esta crisis y paganos de ella.

¿A quién vamos a votar?. Cada cual que actúe en conciencia, pero sobre todo
que esté informado de los valores que defienden unos y de los que defienden
otros. De esta crisis sólo se sale con la política, y dentro de ella, con políticos
honestos y valientes, capaces de dar un taconazo y hacer frente al monstruo
creado de la especulación y la codicia, eso que llamamos mercados que son
quienes actualmente están gobernando el mundo. Ojo a Grecia e Italia. Ya están
gobernando banqueros, tecnócratas, no elegidos por el pueblo. Ese es el camino
que nos indican las derechas. El que no lo quiera ver, o es ciego, o es ignorante.

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