Este insulto a la democracia está siendo pasado por alto por si, por un aquel, éstos nuevos dirigentes consiguieran arreglarnos la crisis ya que los políticos profesionales se muestran incapaces. Es sorprendente el grado de confusión y entreguismo de los ciudadanos, contribuyentes al fin, que pasmados en unos casos, narcotizados en la mayoría, son incapaces de agruparse y exigir sus derechos con furia y contundencia.
Claro que España es un país de segunda en cuanto a asociaciones de defensa de consumidores o sencillamente de los derechos civiles y democráticos. Ha llegado el tsunami de la crisis económica y nos ha pillado con los deberes sin hacer. Somos un país de gandules a la hora de sumergirnos en la tediosa burocracia que nos lleve a reclamar nuestros derechos. Y en este tejido de desidia, resulta elegido un presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, con casi los mejores resultados de la historia del país, sin apenas mencionar su programa. Tras criticar inmisericorde y demagógicamente las duras medidas económicas adoptadas por su antecesor, el ex presidente Zapatero el pasado 10 de mayo, sólo dos cosas dijo alto y claro el presidente Rajoy: no subiré los impuestos, no haré recortes en educación ni en sanidad.
A sólo ocho días de su toma de posesión, las primeras decisiones políticas: una, subir los impuestos, a través del IRPF, y a través del IBI; dos, congelar los sueldos a funcionarios y ampliar en dos horas y media semanales su jornada de trabajo, en definitiva volver a rebajarles el salario ya que además les suprime la aportación de las administraciones para su plan de pensiones y les aumenta el impuesto de persona física. En cuanto a la sanidad, de momento se anuncia el pago por receta sanitaria, si no lleva más allá el copago, que está por ver. Y en cuanto a educación, no hay más que ver la que tiene montada el PP de Esperanza Aguirre, aquí en la Comunidad de Madrid, después de llamar vagos e insolidarios a los profesores. Habíamos visto muchas cosas, pero nunca una manera tan burda y descarada de engañar a la ciudadanía.
En fin, es cierto que estamos acostumbrados a los eufemismos de los políticos; a las explicaciones ininteligibles y frías de los economistas, que siempre cuadran cuentas exponiendo una tesis y su contraria, pero al parecer ahora también deberemos acostumbrarnos a que, además, nos tomen por idiotas. Merecemos políticos que, cuando menos, se interesen por conocer la condición humana, quizá ese día nos explicarán de verdad, que esta no es una crisis económica, hay dinero y mucho, esta es una crisis de moral y de codicia sin fin. Si empezáramos por ahí, el diagnóstico sería acertado y quizá podríamos meter canallas y sinvergüenzas en la cárcel, en lugar de nombrarles consejeros de los bancos, las hidroeléctricas, las empresas de transporte público o altos cargos de los diferentes estamentos del Estado. Es una asunto feo este panorama social que nos toca vivir y lo peor de todo ello es que quienes nos gobiernan no tienen autoridad moral, ni de la otra, porque en el fondo están muchos de ellos en su carrerita particular de poder y de intereses.