Me lo cuenta Luis, un organizador de conciertos que últimamente ha buscado financiación en los cauces habituales públicos o privados para sus proyectos de este año que comienza . MI amigo dice que ha detectado muchos cambios en la estrategia de respuestas de las entidades a las que habitualmente se dirige. “La crisis ha reducido mucho nuestro presupuesto”, “Este año la crisis nos ha forzado a eliminar los programas de subvenciones” o “Ahora sólo podemos afrontar proyectos propios para que no se piense que la institución derrocha”, son algunas respuestas “novedosas” (y a veces un tanto alucinantes que ponen un punto de cabreo a los organizadores culturales .. Incluso, cuando se trata de algo tan habitual como solicitar la aportación sin coste de un espacio escénico para un espectáculo, en muchos casos -también en las salas gestionadas desde lo público- hay un cambio de política: “¿De qué viviríamos si no? El alquiler de los espacios es una fuente de ingresos imprescindible”. Como si los presupuestos de estas instituciones no tuvieran su origen en los impuestos de los ciudadanos… (también los artistas y organizadores lo son, ¿no?).
También me lo contaba una amiga del Ministerio de Cultura, “ antes de fin de año llamé a muchos ayuntamientos y entidades beneficiadas por subvenciones en 2011 para que recojan su dinero. Claro que la recogida les obligaba a invertir también dinero en el proyecto. Muchos han optado por perder la subvención. Bueno, por lo menos el dinero vuelve en esta ocasión al estado.
Y es que todo este asunto es muy grave. Pasa en todos los sectores. A rio revuelto ganancia de pescadores .Así mueren y se secan valiosas iniciativas culturales que, incluso partiendo de premisas en las que los organizadores de las propuestas tienen muy claro que no cobrarán un euro, resultan inviables por falta de una mínima aportación económica, la mayor parte de los casos, de cuantía ridícula para una cuenta de resultados, la cultura es barata en este país, pero claro se prefiere el “todo gratis”, pero con la etiqueta de cultura que viste mucho. Podemos encontrar mil ejemplos, de todos los pelajes (grandes eventos deportivos, supermillonarias contrataciones para tal o cual conmemoración, fastuosos techos cuya pintura luego se cae a pedazos o esculturas para aeropuertos que no funcionan ), y todos con la marca “Cultura” bien visible. Entonces, vuelve con nosotros -como por Navidad- la tan querida ”visibilidad”, vestida de justificación inapelable. Y otra, muy recurrente: todo eso genera riqueza económica, no como esa música endógena de élites, que interesa sólo a unos pocos…
Hoy se habla solo de mercados, pero la cultura favorece el crecimiento económico y crea puestos de trabajo y si de gasto se trata, las cantidades que demandan muchos proyectos artísticos son tan irrisorias que merecería la pena dar una oportunidad a esas iniciativas menos “visibles”, que en demasiadas ocasiones son precisamente las de mayor calidad.
Con estas ideas sobre la mesa casi podríamos concluir que la crisis en el mundo de la cultura es una gran falacia, un montaje perverso ideado por un poder económico que tiene un objetivo meridianamente claro: desmontar definitivamente un estado del bienestar que no sólo resulta molesto sino que pone demasiados obstáculos al libre enriquecimiento. Puede sonar alarmista, e incluso a arenga de otro tiempo, pero lo cierto es que será difícil que, después de esta crisis, algo sea como antes. Pero siempre nos quedará el Carnaval, en el que veremos caras perversas transformadas por las máscaras culturales en un gran bolsillo de acero.
Lola Vega