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Enterrado en Perbes, en el panteón familiar

El PP en pleno se despide de su fundador y presidente de honor, Manuel Fraga y le ofrecen su reconocimiento como político de casta.

Última actualización 26/01/2012@22:54:25 GMT+1
La clase política española al completo se despidió del que fuera fundador y presidente de honor del PP hasta el último de sus días. Manuel Fraga, ministro de Franco, padre de la Constitución, ministro de la transición, embajador, presidente de Xunta, presidente y fundador del PP, se supo adaptar a todos los cambios políticos e incluso fue impulsor de muchos de ellos. De talante conservador y autoritario, a Fraga le cabe el honor de no haber participado jamás en ninguna corrupción política. Los Reyes de España, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, la vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría, el ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, diez ministros, la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, el ex presidente del gobierno Rodríguez Zapatero, los socialistas Rubalcaba, Blanco, los también padres de la Constitución Gregorio Peces Barba y Miguel Roca, Santiago Carrillo, Jose María Aznar y un sin fin de políticos de todos los colores dieron su último adiós a un político de casta que, a pesar de sus sombras, contribuyó a consolidar la transición y a integrar a la derecha española en la vida democrática. Fraga fue enterrado el martes en Perbes (La Coruña) en el panteón familiar





Fraga ha muerto a los 89 años. Como los buenos actores prácticamente lo hizo encima de un escenario. Manuel Fraga Iribarne lo fue todo en la política española. Ministro de Turismo e Información de Franco, el político gallego siempre ha destacado por tener vida propia, una ideología coherente durante todas las etapas de su vida. Uno de los padres de la Constitución, fundador de Alianza Popular, dio paso a Aznar como líder del Partido Popular del que, hasta su muerte, fue presidente de honor. Presidente gallego y senador hasta sus últimos días, Fraga ha sido rotundo, de discurso arrogante y ametrallador. Sesenta años de política llena de luces y sombras. Conservador hasta la médula pero lúcido y demócrata, siempre ha tenido el respeto de todos.



 

 

Ministro de propaganda de Franco, padre de la Constitución, como ministro de Interior envió a la policía a desalojar la catedral de Vitoria, donde hubo cinco víctimas mortales en los disturbios y su desacertada frase: "la calle es mía" fue una de sus etapas más oscuras y reprobables. Fue el padrino político de Ruiz Gallardón, Jose María Aznar, Mariano Rajoy. Siempre vivió a su manera. Fue el más aperturista de los ministros de Franco y posteriormente supo aunar a los ex franquistas en un partido de derechas pero al menos democrático. Nunca fue políticamente correcto, siempre dijo lo que pensaba, incluso escandalizando a su porpio partido. Lo fue todo en la política de la derecha españaola, salvo que el más hubiera deseado, presidente del Gobierno Central.

Fraga (Vilalba, 1922) comenzó su vida pública en 1951, durante los años de la dictadura franquista. Y la termina como senador de un régimen democrático que el mismo contribuyó a consolidar y a diseñar. Fue uno de los padres de la Constitución a finales de los 70, jefe de la oposición en los 80, presidente de Galicia con mayoría absoluta desde 1989 hasta el 2005, senador hasta el fin de sus días.

Ejerció de galleguista y fue uno de los presidentes autonómicos más independientes. En su vida abundan los gestos populistas (como el famoso baño de Palomares) y su discurso, contundente, altísima capacidad intelectual, a veces autoritario, en ocasiones llamativo en las formas, y, por momentos, sorprendente hasta la incorrección política.

Fraga fue un animal político puro. Su vida giró en torno al poder. Lo persiguió con ahinco y tenacidad durante sesenta años. Su búsqueda le proporcionó numerosas recompensas. También varias decepciones. La primera, no ser elegido por el Rey para dirigir la transición política. Él, que personificó como nadie el principio reforma sin ruptura que impregnó el proceso democratizador en España, que había sido el ministro que simbolizó el aperturismo de la dictadura, fue postergado en beneficio de otro hombre del regímen con menos historial, Adolfo Suárez.

Arrimándose a otros supervivientes siempre tuvo que reinventarse y adaptarse a los tiempos. Siempre tuvo la cabeza clara y fue uno de los más lúcidos de los políticos conservadores. Nunca fue políticamente correcto. Le tocó emprender una particular travesía del desierto solo aliviada por su participación en la redacción de la Constitución de 1978. Su suerte empezó a cambiar en 1981. En Galicia.

Lo fue todo en Galicia

Las primeras elecciones autonómicas de la historia de la comunidad tuvieron lugar ese año. El partido dirigido por Fraga, Alianza Popular (AP), presentó, procedente del galeguismo histórico, al médico compostelano Gerardo Fernández Albor. Pero fue el vilalbés quién lideró una campaña que terminó, contra pronóstico, con los populares en la presidencia de la Xunta.

Un año después, los socialistas arrasaron en las elecciones generales. La formación hasta entonces mayoritario en el espectro del centro derecha, la UCD, se hundió. Fraga logró más de cien diputados y se erigió como jefe de la oposición. Volvió a asaltar la Moncloa, por última vez, en 1986. El PSOE conservó su hegemonía y AP se estancó como segunda fuerza política.

Nueva decepción. Tocaba un cambio y una renovación. Fraga dejó las riendas del partido y se fue, como eurodiputado, a Bruselas. Dijo adiós para siempre a su gran sueño, gobernar España. Pero aquello no fue una retirada. Tuvo que volver para rescatar y refundar su partido. Nació el actual PP. Y el vilalbés fijo su objetivo en Galicia.

Desembarco en Galicia

En 1989 se presentó a las elecciones autonómicas. Llegó, vio y venció. Con mayoría absoluta y por un diputado. Inauguró entonces, con mil gaiteiros sonando y atronando en el Obradoiro de Santiago, una larga etapa al frente de la comunidad autónoma. Durante algo más de tres lustros años dirigió de manera enérgica, a veces vehemente, los destinos de la comunidad. Y el país sufrió una gran transformación y modernización en un proceso facilitado por los fondos de convergencia provenientes de la Unión Europea y la adquisición de nuevas competencias procedentes del Estado.

El resultado final de su gestión arroja claroscuros, importantes avances, apuestas muy difíciles de justificar como el complejo de la Ciudad de la Cultura de Santiago y una opinión pública dividida.

Una legión de partidarios y numerosos detractores de su gestión en la Xunta

Fraga contó con una legión de partidarios que cultivaron una imagen de hombre providencial, casi caudillista, y también con numerosos detractores. Durante todo este tiempo, «Don Manuel» se mantuvo como un actor de primera fila en la política española. Convertido al autonomismo, se convirtió en un un referente, una figura de autoridad con opiniones propias, con propuestas singulares como la de crear una administración única, una política exterior con gestos cariñosos hacia el castrismo cubano, y con numerosas discrepancias con el que fue su heredero político en España, José María Aznar.

El fraguismo, que parecía eterno, sufrió una enorme erosión en los meses que siguieron al naufragio del petrolero Prestige en a Costa da Morte el 13 de noviembre del 2002. Fraga, casi octogenario, tuvo que prescindir de su sempiterno y nunca proclamado delfín, Xosé Cuiña.

Derrota en el 2005: No hubo nueva concentración de gaitas en el Obradoiro

Tres años después, rodeado de rumores sobre su precario estado de salud, compitió como cabeza de cartel en las elecciones autonómicas. Había ganado los cuatro procesos electorales anteriores (1989, 1993, 1997 y 2001) con mayorías absolutas. Pero en el 2005 no pudo ser. No hubo nueva concentración de gaitas en el Obradoiro.

En unas elecciones muy reñidas y cargadas de suspense por el voto emigrante, el de Vilalba venció, pero no hubo mayoría absoluta. Por un escaño. Un bipartito presidido por Emilio Pérez Touriño tomó el relevo del veterano político. La oposición no dejó pasar la oportunidad para poner fin al implacable y asfixiante rodillo impuesto por Fraga desde la Xunta en sus años de hegemonía. Cuando perdió el poder, a sus 82 años, pudo marcharse para casa, pero decidió seguir en la políticaaún a costa de tener que marcharse de Galicia, donde quedó al frente del partido Alberto Núñez Feijoo.

Etapa como senador

Fue designado senador en Madrid. Allí, en la capital del Estado, en una cámara menor que nunca cumplió la función planteada por la Constitución que ayudó a redactar, cumplió su labor parlamentaria de manera intachable. Madrugaba, asistía a los plenos, y opinaba sobre los grandes temas de actualidad cada vez que un periodista le acercaba un micrófono. Lo hizo, en su última etapa vital, con un discurso libre, aún más incorrecto, aunque siempre leal a su partido, el PP. Solo la muerte puso fin al largo viaje, no exento de virajes, que fue la vida pública de un hombre muy capaz al que le gustaba mucho mandar y que siempre tuvo algo más que decir, según informa La Voz de Galicia.

 

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