Es un dato cierto que el estado de ánimo positivo resulta un elemento coadyuvante en la superación de momentos difíciles, tan cierto como decir que si nos hundimos al final en la mugre mejor será haber caminado hacia ella con buen rollo.
Kaurismäki, realizador de preciadas cintas como “La chica de la fábrica de cerillas” o “Un hombre sin pasado”, ha escrito y dirigido esta vez la historia de un viejo bohemio, limpiabotas de oficio, buen vecino, buen marido y buen bebedor que se tropieza con la posibilidad de ayudar a un niño africano que ha entrado ilegalmente en Francia por el puerto normando de El Havre. Con la parquedad de diálogos, escenarios y movimientos de cámara que caracteriza su cine Kaurismäki nos va metiendo en un relato aparentemente naif y trillado sobre uno de los grandes problemas de nuestra época, la inmigración. Para cuando el espectador ha pactado mentalmente con el islandés una historia de buenos y malos la película avanza hacia un panorama tan insólito como este del puerto de El Havre que sólo acoge a los limpios de corazón y los buenos son todos excepto un vecino mezquino que parece el botón de la muestra. A grandes males pequeños y solidarios remedios quiere decir Kaurismäki. Y ¿por qué no?